
Resulta desasosegador que nuestras inquietudes generacionales se resuman en dos temas principales: el sexo y la política. O más concretamente, quién ofrece los mejores servicios sexuales llamando a un número que se incluye, y por otro lado, la gran cantidad de epítetos que pueden acompañar a Zapatero y a Rajoy respectivamente.
Sólo hay que echar un vistazo a las paredes de un servicio para darse cuenta. Si estuviéramos en un curso de epigragía (o de publicidad) podríamos clasificar los mensajes según la intención, temática o técnica retórica empleada. Pero las categorías están tan reducidas, que hasta los graffittis de Pompeya tenían más ingenio y variedad que los nuestros. Podemos: llamar puta a una conocida /maricón a un conocido, proclamar a los cuatro vientos que estamos un poco salidos / salidas, solicitar una cita con características determinadas, ofrecernos para encuentros sexuales, y en un extremo de generosidad, dar el teléfono de un conocido / conocida para alegrarle la tarde. Es esta categoría es donde podemos encontrar las únicas muestras de creatividad. Verbigracia: “No lo ves? Soy tu padre! Tengo tus mismas características! Fóchame toa!” (que bien podría ser una variación posmoderna de Fedra), “Quiero que Cristo me haga suya y me posea” (que puede ser interpretado rectamente, pero que en un servicio sólo parace tener una lectura) u otras maravillas de la lengua que mejor es no repetir.
¿Qué decir de los epítetos homéricos? “Facha / sociata” que son intercambiables añadiéndoles la coletilla ”de mierda“, “rojo“, “imperialista“, y demás. Nada como un bonito mundo de blancos y negros donde la gente se insulta a través de las paredes de un baño que no tiene culpa de nada. Nunca entenderé esa necesidad de dejar huella, como si no la estuvieran dejando ya al ir al baño. Lo que ocurre es que quizás, conscientes de su fugacidad, pretendan dejar una más perdurable. Aunque sea igual de apestosa.

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