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Resulta desasosegador que nuestras inquietudes generacionales se resuman en dos temas principales: el sexo y la política. O más concretamente, quién ofrece los mejores servicios sexuales llamando a un número que se incluye, y por otro lado, la gran cantidad de epítetos que pueden acompañar a Zapatero y a Rajoy respectivamente.

Sólo hay que echar un vistazo a las paredes de un servicio para darse cuenta. Si estuviéramos en un curso de epigragía (o de publicidad) podríamos clasificar los mensajes según la intención, temática o técnica retórica empleada.  Pero las categorías están tan reducidas, que hasta los graffittis de Pompeya tenían más ingenio y variedad que los nuestros. Podemos: llamar puta a una conocida /maricón a un conocido, proclamar a los cuatro vientos que estamos un poco salidos / salidas, solicitar una cita con características determinadas, ofrecernos para encuentros sexuales, y en un extremo de generosidad, dar el teléfono de un conocido / conocida para alegrarle la tarde. Es esta categoría es donde podemos encontrar las únicas muestras de creatividad. Verbigracia: “No lo ves? Soy tu padre! Tengo tus mismas características! Fóchame toa!” (que bien podría ser una variación posmoderna de Fedra), “Quiero que Cristo me haga suya y me posea” (que puede ser interpretado rectamente, pero que en un servicio sólo parace tener una lectura) u otras maravillas de la lengua que mejor es no repetir.

¿Qué decir de los epítetos homéricos? “Facha / sociata” que son intercambiables añadiéndoles la coletilla ”de mierda“, “rojo“, “imperialista“, y demás. Nada como un bonito mundo de blancos y negros donde la gente se insulta a través de las paredes de un baño que no tiene culpa de nada. Nunca entenderé esa necesidad de dejar huella, como si no la estuvieran dejando ya al ir al baño. Lo que ocurre es que quizás, conscientes de su fugacidad, pretendan dejar una más perdurable. Aunque sea igual de apestosa.

 

                            

Bernhard Schlink ha publicado una nueva novela. El autor de la extraordinaria El lector, vuelve con otra narración donde ahonda en el tema del pasado alemán, la memoria y la reconstrucción de la historia. A través de las aventuras Peter, que intenta encontrar el final perdido de una novela que leyó siendo niño, descubrimos el proceso que supone encontrarse con un pasado personal desconocido. El regreso del padre tras la guerra, arquetipo homérico que sirve de guía a toda la historia, sirve de leitmotiv de la novela.

                            

Otro libro alemán recomendable: el diario anónimo de una alemana que recoge fielmente las últimas semanas que vivió Berlín durante la ocupación rusa. Los horrores de la guerra vistos a través de los ojos de una mujer que vivió directamente ese momento histórico y que prefirió permanecer en el anonimato.  Un episodio no tan conocido en las postrimerías de la II Guerra Mundial.   

                    

 

Porque de vez en cuando es necesario respirar. He abierto bien los pulmones y he inspirado durante un fin de semana. Aire fresco para renovarse por dentro. Nada más que eso: dejarse invadir por el aire. Y el domingo por la noche, espiré. Me vacié por completo. Ahora estoy nuevo. Se fueron los malos pensamientos que anidaban en el lóbulo inferior de mi pulmón derecho (algo comprensible porque está muy cerca del hígado, y la bilis es contagiosa). Ya no siguen allí los temores ni el escarnio. Una renovación completa.

 

Qué bien que aún nos queda respirar.

Llevo así ya varias semanas. No se puede decir que el nivel de mis posts sea el más adecuado. Pero tampoco puedo hacer nada por remediarlo. Cuando llega el momento de enfrentarme al teclado en blanco, me bloqueo. El tema que había pensado me resulta tonto, absurdo o insulso. No se me ocurre un plan B. No tengo alternativa. Quién me lo iba a decir a mí, que mis amigos me decían:

-Por favor, no nos envíes más correos contándonos cómo cambiar una bombilla en 15 pasos o tus últimas aventuras nocturnas porque son más largos que un folletín decimonónico.

Ahora, en cambio, me faltan las palabras. O más que las palabras, los temas que den coherencia a las palabras. Todavía puedo sentarme y escribir cuando alguien ajeno me proporciona el tema (gran parte de mi trabajo se dedica a ello). Hoy, sin ir más lejos, estoy luchando con un proyecto para un Museo Virtual. Muy intersante, por cierto. (Y no puedo decir más porque es confidencial). Pero lo demás, no fluye. Tengo la cabeza llena de interferencias. Ejercicios de poleas. Planos inclinados. La tabla de los verbos irregulares en inglés. El uso de subjuntivo en francés. El pago de la Visa. Esquemas para hacer análisis sintácticos. Los valores del seno,  coseno y tangente de 30º, 45º, 60º y 90º. El partitivo. Óxidos y peróxidos. Manual del traductor. The golden notebook. Integrales y derivadas. La declaración de la renta. Las Memorias de Lorenzo da Ponte. Equilibrio de fuerzas. Los billetes del AVE. Un número de serie válido del Indesign. Der Zwerg de Zemlinsky. Una mala noticia. Esa mala noticia.

En este estado, poco se puede hacer. Aparte de respirar profundamente y escribir sobre la imposibilidad de escribir. Sí, ya sé que está muy visto. Incluso démodé. Wittgenstein está de capa caída. Pero es que tampoco yo estoy en uno de mis mejores momentos creativos. Quel dommage!